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Conducir en Grecia: las reglas no escritas del asfalto

Nada más recoger el coche de alquiler en Atenas, quisimos conectar el móvil a la pantalla y nos encontramos con todo el menú en griego. Estuvimos un rato dándole vueltas al salpicadero intentando averiguar dónde cambiar el idioma, hasta que localizamos un icono con una banderita y supusimos, sin entender una sola palabra de lo que ponía alrededor, que por ahí tenía que ir la cosa. Acertamos a la primera, pero ese minuto de duda delante del coche parado en el parking, con los niños ya sentados detrás, fue un buen resumen de lo que nos esperaba: nada es exactamente como en España, pero tampoco es tan distinto como para no apañárselas.

Conducir en Grecia es, en el fondo, alternar entre dos países distintos según la carretera que se pise. Las autopistas de peaje del Peloponeso son infraestructura moderna, construida en gran parte con financiación europea y gestionada por concesionarias privadas, con un asfalto y una señalización que no tienen nada que envidiar a cualquier autovía española.

En cuanto se sale de esas autopistas, aparece la otra Grecia: carreteras rurales con normas de circulación que nadie escribió en ningún manual, pero que todo el mundo respeta igual, un código de cortesía y adelantamientos que se ha ido fijando con la costumbre y no con la ley. Aquí te contamos cómo conducir en Grecia pero no te pierdas nuestro artículo con el viaje por Grecia de 10 días.

En pocas palabras

  • Coche recomendado: algo más grande de lo habitual si vais en familia; el maletero se llena rápido con equipaje para varios días repartidos entre distintas bases.
  • Documentación: el carné de conducir español es suficiente, sin necesidad de permiso internacional. Mira las recomendaciones oficiales para viajar a Grecia.
  • Combustible: caro, en torno a 2€ el litro cuando fuimos, y siempre con empleado repostando por vosotros.
  • Peajes: frecuentes en las autopistas principales, en efectivo o con tarjeta.
  • Velocidad: el límite general en autopista es 130 km/h, pero hay tramos señalizados muy por debajo sin motivo aparente.
  • Alquiler: las compañías internacionales con oficina dentro del aeropuerto cuestan más que las locales de fuera, pero ahorran tiempo y trasiegos con el equipaje.

¿Merece la pena alquilar coche en Grecia?

Depende de en qué parte del viaje estéis pensando. En Atenas, no: el tráfico y el aparcamiento hacen que el coche sea más un estorbo que una ayuda, y la ciudad se recorre mejor a pie, en metro o en taxi. Sin embargo, en el Peloponeso, sin ninguna duda sí: buena parte de las paradas de esta ruta no tienen alternativa razonable en transporte público, y la libertad de parar donde no está previsto es gran parte de lo que hace que la ruta merezca la pena. En las islas no tenemos experiencia propia, pero por lógica dependerá del tamaño de la isla y de si os movéis desde una base fija o cambiáis de alojamiento cada pocos días.

El coche y el papeleo

Alquilamos un Skoda Kamiq, un escalón por encima del utilitario más pequeño, porque viajando con niños el maletero se llena rápido entre las maletas de varios días y todo lo que se va acumulando por el camino. El carné de conducir español basta sin más trámites; no hace falta ningún permiso internacional.

Elegimos AVIS a propósito, sabiendo que hay compañías locales bastante más baratas. La diferencia es que esas compañías tienen la oficina fuera del recinto del aeropuerto, lo que obliga a coger un vehículo de traslado para recoger y devolver el coche. Preferimos pagar un poco más y devolverlo directamente en la terminal, sin perder tiempo ni cargar maletas de un lado a otro justo antes de un vuelo.

La política de combustible era de depósito lleno al recoger y lleno al devolver, así que la última tarde repostamos junto a nuestro alojamiento en Markópoulo antes de dejar el coche a la mañana siguiente. Sobre el seguro, íbamos con la cobertura básica de AVIS, pero además contratamos por nuestra cuenta un seguro de devolución de franquicia con una aseguradora externa. Cuestan mucho menos que el mismo servicio contratado directamente con la empresa de alquiler: nos salió por unos 40 euros para todo el viaje, cuando en el mostrador de la propia compañía ese precio puede ser el que cobran por un solo día.

El funcionamiento es sencillo: si pasa algo, la empresa de alquiler os cobra igualmente la franquicia completa, y después reclamáis esa cantidad al seguro externo, que os la devuelve. No tuvimos ningún percance y no nos llegaron a cobrar nada, así que no pudimos probar el proceso de reclamación en persona, pero conviene saber que existe esa capa adicional.

Por qué no merece la pena el coche en Atenas

Si vais a pasar los primeros días en Atenas antes de salir hacia el Peloponeso, como hicimos nosotros, no cojáis el coche hasta el último momento. El tráfico del centro es un caos considerable, y aparcar es de lo más complicado: la mayoría de los parkings del centro son solares pequeños reconvertidos, con capacidad limitada, y los que tienen más plazas suelen quedar bastante alejados de las zonas que interesa visitar a pie. Toda la lógica de moverse en taxi o caminando que ya contamos en el artículo de Atenas a pie aplica todavía más si tenéis coche de alquiler esos días: mejor dejarlo parado y recogerlo justo antes de salir hacia la carretera.

Cómo cambia el aparcamiento fuera de Atenas

En el Peloponeso, el contraste con Atenas es notable: en general se aparca bien, salvo en un par de sitios muy concretos y muy turísticos. En Nauplia hay un aparcamiento enorme junto al puerto que resuelve la papeleta sin complicaciones, y en Epidauro otro igual de grande, con árboles que dan sombra de verdad, algo que se agradece en pleno julio. En Mystras hay dos aparcamientos, uno en cada una de las dos entradas al yacimiento, no muy grandes pero suficientes.

Kalamata, al ser una ciudad de tamaño medio, permite aparcar en casi cualquier calle, aunque nuestro hotel tenía parking propio. En la península de Mani tampoco tuvimos ningún problema: en Gythio aparcamos en la calle a mediodía sin dificultad, y en las cuevas de Diros había bastante gente pero también mucho espacio. En Methoni el aparcamiento junto al castillo es pequeño, y aunque encontramos sitio, es posible que fuera más por suerte que por otra cosa; algo más lejos de la entrada parecía haber más margen.

El único sitio donde de verdad lo pasamos mal fue Gálatas, con el aparcamiento del puerto lleno cuando llegamos, ya cerca del mediodía; probablemente a primera hora habría sido distinto. Algo parecido nos pasó en Olimpia: llegamos muy pronto y aparcamos sin problema, pero al salir, ya avanzada la mañana, el aparcamiento estaba completo. Si se llega tarde, es fácil que toque dejar el coche más lejos del yacimiento de lo que gustaría.

Las autopistas de peaje

Fuera de Atenas, en el Peloponeso, el paisaje de la conducción cambia por completo. Las autopistas de peaje están en muy buen estado, mejor de lo que esperábamos, pero hay que pagar con bastante frecuencia: los peajes se suceden cada relativamente poco trecho, y cada uno ronda los 2 o 3 euros, pagables tanto en efectivo como con tarjeta, en máquinas automáticas o directamente con un empleado en cabina. No llevamos la cuenta del gasto total en peajes de todo el viaje, pero conviene asumir que recorrer el Peloponeso implica pagar bastantes, sobre todo en el eje Atenas-Corinto-Patras; ninguno es especialmente caro por separado, pero la suma final se nota. Conviene llevar algo de calderilla a mano en el propio salpicadero para no tener que rebuscar en cada parada.

El límite general es de 130 km/h, pero no es uniforme: la autopista que recorre el norte del Peloponeso, uniendo Patras con Corinto y de ahí con Atenas, es la mejor de todas y mantiene ese límite en buena parte del trazado. En cambio, las autopistas del sur y el centro, camino de Kalamata, tienen tramos largos limitados a 80 o incluso 100 km/h sin que encontráramos una razón clara: no hay curvas pronunciadas ni cambios de rasante que lo justifiquen a simple vista, así que asumimos que es simplemente así y ya está.

En el atasco de salida de Atenas, con el tráfico prácticamente parado, vimos a bastantes conductores adelantar por el arcén, sobre todo cuando iban a tomar una salida próxima. No es algo que recomendemos imitar, pero conviene saber que ocurre, para no llevarse una sorpresa al verlo por el retrovisor.

Las carreteras secundarias, otro mundo aparte

Las carreteras secundarias son las que de verdad definen cómo se conduce en Grecia. La calidad es muy irregular: algunas están en un estado excelente, y otras tienen curvas cerradas y baches que obligan a bajar bastante el ritmo. Lo que más nos llamó la atención es que los adelantamientos sobre línea continua son mucho más frecuentes que en España, algo que al principio resulta chocante. Tiene su lógica una vez que lo entiendes: hay tramos larguísimos señalizados con línea continua aunque sean rectas con visibilidad perfecta durante varios kilómetros, así que si nadie adelantara nunca en esas condiciones, cualquier trayecto se eternizaría detrás de un coche lento.

Es habitual, además, que si el conductor de delante ve que vais más rápido, se aparte hacia el arcén para dejaros pasar, una cortesía tácita que agiliza mucho el tráfico en las vías de un solo carril por sentido.

Otro detalle curioso: es muy habitual encontrar puestos de venta de fruta a pie de carretera, algo que en España solo se ve en zonas muy concretas y que allí parece la norma en cualquier tramo rural. Y, como ya contamos en el artículo de la ruta por el Peloponeso, el límite de velocidad baja de golpe de 90 a 50 km/h en tramos donde no hay ni cruces ni curvas que lo expliquen, y la inmensa mayoría de los conductores locales lo ignora sin ningún reparo.

El principal error que se puede cometer al planificar una ruta por Grecia es mirar los kilómetros sin mirar el relieve. En el mapa, el Peloponeso parece pequeño y manejable, pero las carreteras de curvas hacen que las distancias reales, en tiempo, sean bastante mayores de lo que sugiere la regla. Ya nos pasó en Mani: ochenta kilómetros que en cualquier autovía española serían menos de una hora, allí se convirtieron en más de dos.

Radares, fauna y el estado real de los coches

Vimos algunos radares a lo largo del viaje, siempre señalizados con antelación, así que no hay sorpresas si se presta un mínimo de atención a las señales. Lo que no vimos en ningún momento, en ningún tramo del recorrido, fue ningún control policial vigilando el tráfico.

En una carretera comarcal de la península de Mani nos cruzamos con algunas cabras sueltas y algún perro, aunque no fue en absoluto lo habitual a lo largo del viaje. Sí vimos con cierta frecuencia señales de aviso de jabalíes en zonas de monte bajo, aunque nunca llegamos a encontrarnos ninguno cruzando la vía.

Algo que nos sorprendió, más como curiosidad que como dato práctico, es lo antiguos que parecían en general los coches en circulación por Grecia, probablemente reflejo de una economía con menos margen para renovar el parque móvil que en otros países europeos. En Atenas, casi todos los taxis que cogimos eran Skoda Octavia de hace diez o quince años, y apenas cruzamos algún híbrido o eléctrico por la carretera en todo el viaje.

Cómo orientarse sin líos

Usamos Google Maps con datos móviles durante todo el recorrido. Normalmente en nuestros viajes usamos Waze, pero en Grecia lo descartamos pronto: los nombres de calles y ciudades aparecían en grafía griega y resultaba bastante más lioso de seguir sobre la marcha que el mapa más visual de Google Maps.

Fuera de la aplicación, orientarse por carretera es más sencillo de lo que parece a priori. A pesar de utilizar otro alfabeto, la señalización no supone ningún problema porque prácticamente todas las indicaciones importantes aparecen también transliteradas al alfabeto latino: los carteles muestran los nombres de ciudades y calles en las dos grafías, así que en ningún momento nos vimos perdidos por no poder leer un cartel.

Gasolina: cara, siempre con empleado y a veces escasa

Repostar en Grecia salió caro: rondaba los 2 euros el litro durante nuestro viaje. Todas las gasolineras en las que paramos, tanto en carretera como en ciudad, tenían empleado que se encargaba de llenar el depósito; no vimos ninguna de autoservicio. Se puede pagar con tarjeta directamente junto al surtidor, sin necesidad de entrar a la tienda a hacer la transacción.

En los tramos de autopista, las gasolineras están bastante espaciadas entre sí, así que no conviene apurar el depósito pensando que la siguiente estará a la vuelta de la esquina. Un detalle que llama la atención en las carreteras secundarias es la cantidad de gasolineras antiguas cerradas y abandonadas que se ven por el camino, en marcado contraste con las ciudades, donde sí hay bastante oferta en funcionamiento.

Veredicto final

Lo mejor de conducir en Grecia es la sensación de libertad real que da fuera de Atenas: carreteras en buen estado en su mayoría, peajes razonables y la posibilidad de parar donde os apetezca sin depender de horarios de autobús. Lo peor, la falta de lógica aparente en algunos límites de velocidad, que obliga a ir pendiente del cartel en vez de fiarse del propio criterio sobre el estado de la vía.

La idea que resume la experiencia es que en Grecia hay bastantes más normas no escritas que en España, y que conviene aprenderlas observando a los conductores de alrededor en vez de esperar encontrarlas en ningún manual: apartarse al arcén para dejar pasar, adelantar en línea continua cuando el tramo lo pide, y aceptar que un límite de velocidad puede cambiar sin que haya ningún motivo visible para ello.

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