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Atenas en dos días a pie: el paseo que cita veinticinco siglos

Subimos por una calle tan estrecha que rozábamos las paredes con los hombros, sorteando macetas de geranios a ambos lados, y de repente dejamos de estar en la capital de Grecia para sentirnos en una isla de las Cícladas. Fue en Anafiótika, un pequeño reducto que apenas ocupa una manzana en la falda norte de la roca sagrada, donde entendimos algo que después se nos repitió en cada esquina del centro:

Atenas es una ciudad que ha construido su identidad moderna citando otras épocas, y a veces otros lugares, como si necesitara demostrar constantemente de dónde viene. Dos días a pie bastan para asimilar este choque de épocas, siempre que se recorra el centro histórico en el orden en que la propia ciudad fue añadiendo esas capas a su plano urbano.

Llegamos a Atenas la tarde anterior a empezar la ruta, después del episodio del taxi y el alfabeto griego que ya contamos en el resumen del viaje. Esa primera noche, ya instalados, salimos a caminar sin rumbo por los alrededores del hotel, solo para tomarle el pulso a la ciudad antes de empezar en serio al día siguiente.

En pocas palabras

  • Punto de partida: Entrada principal de la Acrópolis de Atenas, un punto al que conviene llegar en taxi a primera hora para evitar la fatiga antes de empezar a caminar. Comprar entradas Acrópolis
  • Distancia total: Unos 7 kilómetros de caminata real, distribuidos de forma equilibrada a lo largo de dos jornadas.
  • Duración: Dos días de recorrido urbano, reservando obligatoriamente las horas centrales del día para descansar del calor asfixiante de julio en el alojamiento.
  • Desnivel: Leve. El trayecto transcurre por terreno llano salvo la subida escalonada al Areópago, las rampas de la Acrópolis y las calles empinadas que vertebran el barrio de Plaka.
  • Paradas: Areópago, Anafiótika, Plaka, Catedral Metropolitana, Templo de Zeus Olímpico, Arco de Adriano, Estadio Panatenaico, Plaza Syntagma, Calle Ermou, Monastiraki, Ágora Antigua, Biblioteca de Adriano, Ágora Romana.
  • Ritmo: Intenso. Dos jornadas completas de actividad que exigen aprovechar bien las mañanas y los atardeceres, reduciendo al mínimo los tiempos muertos bajo el sol.

La ciudad que reclama su pasado

Este recorrido no es una simple lista de ruinas cercanas entre sí; es un paseo diseñado para entender cómo Atenas ha utilizado su herencia clásica como argumento político y cultural para justificarse ante el mundo.

El hilo conductor arranca en la roca donde los atenienses juzgaban los delitos de sangre antes de que existieran las leyes escritas. Continúa por un barrio que unos obreros isleños levantaron de la noche a la mañana desafiando al primer rey de la Grecia moderna, cruza bajo un arco triunfal con el que un emperador romano quiso dejar claro dónde terminaba la ciudad vieja y dónde empezaba la suya, y culmina en un estadio reconstruido en mármol blanco para certificar el renacimiento de la identidad griega a finales del siglo XIX. Cada parada de esta ruta es una forma diferente de reclamar la misma paternidad histórica.

El punto de partida lógico es la Acrópolis, un recinto tan complejo y masificado que merece un análisis exclusivo. Le dedicamos un artículo específico a su logística interna, explicando qué accesos utilizar para esquivar las aglomeraciones y cómo gestionar el tiempo dentro del recinto. Este itinerario a pie comienza justo al salir de allí por su vertiente norte, cuando el calor de media mañana ya empieza a calentar el mármol.

Esa superposición de épocas no se percibe en un solo lugar, sino caminando. En menos de quince minutos pasas de una iglesia bizantina a una plaza neoclásica y de ahí a unas ruinas romanas, sin transición clara entre unas capas y otras. Es esa mezcla lo que hace que Atenas no se entienda con una lista de monumentos, sino recorriéndola.

Al Acrópolis llegamos en taxi, ya que para llegar a la entrada desde el Metro hay un paseo largo y queriendo llegar pronto lo mejor era no perder tiempo en este trayecto.

El recorrido punto a punto

El recorrido que planteamos es de dos días completos, aunque nosotros llegamos a Atenas la tarde anterior desde Madrid. Ese primer contacto con la ciudad ya anticipó bastante bien lo que vendría después. Después de instalarnos, salimos a dar un paseo por los alrededores del hotel, sin objetivo concreto, solo para tomar el pulso a la ciudad antes de empezar el recorrido serio al día siguiente.

Día 1: De la roca de los juicios al estadio de mármol

La Acrópolis de Atenas

Este primer día encaja mejor saliendo por la puerta norte de la Acrópolis y bajando hacia Plaka. Así se aprovecha la mañana, todavía sin demasiado calor, para las paradas con más cuestas.

Antes de continuar, conviene entender de dónde venimos. La Acrópolis es el punto de partida lógico de cualquier recorrido por Atenas: un conjunto construido más para ser visto desde fuera que para recorrerse por dentro, donde el Partenón actúa como un mensaje político en piedra más que como un templo al uso.

Le hemos dedicado un artículo completo donde explicamos cómo visitarla paso a paso y evitar las aglomeraciones que se concentran en los Propileos. Puedes leer aquí nuestro recorrido por el monumento más famoso de la ciudad: la Acrópolis de Atenas.

Al salir por su vertiente norte, el escenario cambia por completo. Se deja atrás el recinto monumental y empieza un recorrido que conecta barrios, ruinas y capas históricas mucho más cercanas al día a día de la ciudad.

Atenas no es solo calurosa en verano, es un calor que condiciona toda la logística del día. No es tanto la temperatura como la sensación sobre el mármol y el asfalto, que reflecta el sol desde abajo. A partir de media mañana, caminar sin sombra deja de ser incómodo para convertirse en algo que hay que planificar sí o sí si no quieres quemar media jornada.

El Areópago

A unos 5 minutos a pie desde la salida norte de la Acrópolis se encuentra el Areópago, al que recomendamos subir aunque hay que tener cuidado con las rocas, que pueden ser resbaladizas.

Se trata de una enorme mole rocosa de mármol grisáceo, pulida y resbaladiza debido al paso de millones de pies a lo largo de la historia. Subimos con cuidado —menos mal que no llevábamos sandalias, que juegan malas pasadas aquí— y nos encontramos con un mirador completamente desprovisto de barandillas o cemento moderno.

En este lugar se reunía el tribunal de justicia de la Atenas clásica y, según la tradición, aquí pronunció el apóstol Pablo su célebre discurso a los atenienses. Ofrece una perspectiva limpia del Ágora Antigua y del flanco norte de la Acrópolis. El acceso es libre y gratuito.

Anafiótika

Tras el Areópago, comenzamos a bajar por la ladera norte de la Acrópolis, donde se encuentra además el ascensor para discapacitados y llegamos en unos 10 minutos a uno de los barrios más curiosos de Atenas, Anafiótika.

El asfalto desaparece y las calles se estrechan hasta no superar el metro de ancho. Casas cúbicas de cal blanca, puertas pintadas de azul y gatos dormidos en los peldaños de piedra nos trasladan de inmediato al mar Egeo. A mediados del siglo XIX, el rey Otón I trajo a los mejores albañiles de la isla de Anafi para levantar su nuevo palacio real.

Estos trabajadores añoraban su tierra y, aprovechando un vacío legal otomano que impedía demoler cualquier vivienda construida entre el ocaso y el amanecer si ya tenía el techo puesto, levantaron este laberinto de microcasas ilegales pegadas a la roca de la Acrópolis. Hoy es un reducto vecinal que merece la pena cruzar en silencio, respetando la privacidad de las familias que aún viven en él.

Plaka y la Catedral Metropolitana

Sigues cuestas abajo y casi sin darte cuenta te encuentras en el barrio más bullicioso de Atenas: Plaka.

Plaka abraza la ladera de la colina con un entramado comercial donde es fácil perder el rumbo. Caminamos hasta la Plaza de la Mitrópoli para contrastar dos realidades: la inmensa Catedral Metropolitana, erigida en el siglo XIX utilizando mármol de iglesias bizantinas destruidas, y la minúscula ermita de Agios Eleftherios, encajonada a su lado, que data del siglo XII.

Esta zona es un imán para las franquicias de comida rápida y los menús turísticos clónicos; para comer, conviene alejarse de las calles principales y buscar aquellos callejones donde las mesas estén ocupadas por los propios atenienses.

Templo de Zeus Olímpico y Arco de Adriano

Salimos de Plaka y dejamos atrás sus estrechas calles hasta llegar a una inmensa avenida con un tráfico ensordecedor y que hace que cambiemos totalmente el ritmo de la visita. Ante nosotros teníamos el Templo de Zeus Olímpico. O lo poco que queda de él, aunque viendo la inmensidad del recinto donde está y el tamaño de las columnas te puedes hacer una idea de lo majestuoso que debió ser el templo.

Unas pocas columnas corintias de proporciones colosales sobreviven al borde de una de las avenidas más ruidosas de la ciudad. Las obras del templo comenzaron en el siglo VI a.C., pero no se terminaron hasta siete siglos después bajo el mandato del emperador Adriano, quien no dudó en firmar la colosal estructura como propia. Tomamos la decisión de no pagar los veinte euros de la entrada; el andamiaje de restauración que cubre la mayor parte de la estructura es tan denso que el monumento se aprecia y se entiende con el mismo nivel de detalle desde la verja de hierro exterior.

Justo al lado se levanta el Arco de Adriano, que dividía de forma explícita la ciudad antigua de Teseo de la nueva ampliación romana de Adriano.

Estadio Panatenaiko

Desde allí comenzamos a caminar hacia otro de los lugares que más ganas teníamos de visitar. Fueron unos 10-12 minutos caminando bajo un sol que a mediodía ya calentaba mucho. Menos mal que alguna sombra había junto al Jardín del Záppeionm.

El Estadio Panatenaiko es el único estadio del mundo construido íntegramente con mármol blanco del monte Pentélico. Se asienta sobre la estructura original del siglo IV a.C., reconstruida en 1896 gracias al mecenazgo de George Averoff para acoger los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Accedimos al recinto pagando la entrada porque nuestros hijos tenían la ilusión de correr sobre la pista de atletismo, pero nos encontramos con que la superficie estaba levantada por obras de mantenimiento.

Si hubiéramos consultado previamente el estado de las instalaciones en los canales oficiales nos habríamos limitado a contemplar la monumental perspectiva arqueada desde la valla exterior de forma gratuita. Lo único que justificó el gasto familiar fue el acceso a través de un pasadizo subterráneo al pequeño museo donde se encuentran las antorchas olímpicas históricas, donde los niños se entretuvieron identificando los diseños de cada edición. Por supuesto, buscando la de Barcelona 92.

Tras la decepción de la pista, tomamos un taxi de vuelta a Plaka para comer y nos retiramos al hotel a descansar durante las horas de máxima radiación solar.

Al caer la tarde, cuando el aire de la ciudad se volvió respirable, descendimos a pie desde la plaza Syntagma por la comercial calle Ermou hasta desembocar en Monastiraki. Es la cara más comercial y ruidosa de la Atenas del siglo XXI. Al final de la calle, la Acrópolis iluminada recortada contra el cielo nocturno compensó el bullicio de las tiendas de recuerdos. Cenamos unos helados griegos tradicionales en una terraza cercana y regresamos en taxi al alojamiento.

Día 2: El Ágora y el paseo sin rumbo fijo

Tras la intensidad de la primera jornada, decidimos rebajar el ritmo del viaje a propósito. Redujimos el número de paradas para dedicar más tiempo a comprender los yacimientos arqueológicos del centro, una decisión acertada porque el corazón político de la Atenas clásica exige una visita pausada.

Ágora Antigua, Biblioteca de Adriano y Ágora Romana

Desde el hotel cogimos un taxi hasta Monastiraki y fuimos caminando hasta el Ágora Antigua, aunque si lo llegamos a saber, le decimos al taxista que nos lleve hasta la misma puerta del recinto.

Para acceder al recinto del Ágora Antigua buscamos inicialmente la entrada por la calle Adrianou guiándonos por el plano, pero descubrimos que el acceso real está desplazado hacia el norte, obligando a rodear el perímetro ferroviario hasta la parada de metro de Thissio. Una vez dentro, el Templo de Hefesto se presenta como el edificio clásico mejor conservado del país, manteniendo intactas sus columnas y su tejado de mármol debido a su reconversión en iglesia cristiana durante la Edad Media.

Paseamos bajo las sombras de la columnata de la Estoa de Átalo, una reconstrucción fiel del siglo XX que alberga el Museo del Ágora y ofrece una valiosa fuente de agua potable para rellenar las botellas a mitad de la mañana. Al salir del yacimiento, decidimos que la Biblioteca de Adriano y el Ágora Romana se aprecian perfectamente desde el exterior de sus respectivas verjas arqueológicas, ahorrándonos el coste de unas entradas adicionales que no aportaban más contexto al que ya habíamos asimilado en el Ágora Antigua.

El cierre por Plaka de noche

Tras la visita, hicimos lo mismo que el día anterior, volver al hotel a descansar en las horas centrales del día para evitar el calor y no agotarse prematuramente. Si hubiéramos ido en otra estación del año, posiblemente el plan habría sido diferente, pero en verano, las visitas, y más con niños, deben ser diferentes. Cuando ya empezaba a caer el sol (en Atenas anochece antes que en Madrid), volvimos al centro de la ciudad.

Atenas tiene un ritmo muy marcado por el calor. A mediodía, las calles se vacían y parece que la ciudad se apaga; por la tarde, en cambio, todo vuelve a activarse. Adaptarse a ese ritmo no es una opción, es la única manera de aprovechar de verdad los días sin agotarse a mitad de viaje.

Dedicamos la última tarde a caminar sin un itinerario fijo por el sector norte del centro de Atenas. Recorrimos la plaza Klafthmonos, observamos las persianas bajadas del histórico Mercado Central en las calles Athinas y Evripidou, y regresamos a Monastiraki para cenar. Terminamos la noche callejeando por un Plaka que continuaba por la noche tan bullicioso como por el día, caminando bajo la luz de los focos que iluminan el Arco de Adriano antes de retirarnos a descansar para preparar el equipaje.

El viaje en coche hacia el Peloponeso comenzaba a la mañana siguiente.

Lo que nos faltó por ver en Atenas (y por qué)

El plan de dos días funcionó bien, pero también implicó dejar cosas fuera. No por falta de interés, sino por una decisión consciente de adaptar el ritmo al calor y a la energía que queríamos tener para el resto del viaje.

La primera renuncia fue el Monte Licabeto. Subir hasta el punto más alto de Atenas tiene sentido por las vistas, pero hacerlo en pleno julio, con temperaturas cercanas a los cuarenta grados y tras varias horas caminando por el centro histórico, nos pareció forzar demasiado el día. Optamos por priorizar recorridos más compactos y dejar ese mirador para una visita en otra época del año.

Algo parecido ocurrió con Kolonaki, el barrio elegante a los pies del Licabeto. Es una zona interesante para entender la Atenas más contemporánea y acomodada, muy distinta al ambiente de Plaka o Monastiraki, pero se salía bastante del recorrido natural a pie que habíamos planteado. Introducirlo habría implicado añadir trayectos largos bajo el sol sin aportar una continuidad clara al hilo histórico del itinerario. En cualquier caso, algo vimos en nuestros trayecto al hotel.

También dejamos fuera el Museo de la Acrópolis, a pesar de tenerlo muy presente durante todo el viaje. Aquí la decisión fue simplemente de tiempo: preferimos dedicar las mañanas a los espacios abiertos y las tardes a descansar para no saturar el plan. El museo es, probablemente, la mejor forma de entender todo lo que ya no está en la colina —esculturas, relieves y fragmentos originales—, así que si se dispone de más tiempo o se viaja en una época menos calurosa, merece claramente un hueco en el itinerario.

Al final, más que todo lo que vimos, lo que marcó la diferencia en Atenas fue precisamente esto: elegir bien qué dejar fuera para no convertir el viaje en una carrera entre ruinas.

Información práctica

  • Cuándo ir: Las temperaturas estivales en Atenas son implacables sobre el asfalto. Conviene concentrar las caminatas arqueológicas al aire libre entre las 8:00 y las 11:30 de la mañana, reservando el final de la tarde para pasear por las zonas sombreadas de Plaka o Monastiraki.
  • Cómo moverse: Toda la ruta propuesta se realiza estrictamente a pie. Sin embargo, si el punto de partida de vuestro alojamiento queda lejos del centro, la red de metro tiene paradas estratégicas en Acrópoli o Monastiraki que os dejarán en los extremos del itinerario. El taxi es una alternativa excelente para evitar caminatas improductivas bajo el sol si viajáis en familia; con cuatro personas, la tarifa es muy similar a la suma de los billetes de transporte público individuales.
  • Aparcamiento: El centro histórico de Atenas es peatonal en gran parte y el tráfico rodado es caótico. No hace falta coche para este recorrido y, de tenerlo, conviene dejarlo estacionado en un garaje vigilado de las afueras durante estas dos primeras jornadas. Nosotros no tuvimos coche estos días ya que lo alquilamos justo antes de ir hacia el Peloponeso.
  • Entradas y reservas: A excepción de la Acrópolis, que exige reserva previa de franja horaria en la plataforma oficial del Ministerio de Cultura de Grecia, las entradas para el Ágora Antigua y el Estadio Panatenaico se adquieren directamente en taquilla sin esperas significativas a primera hora.
  • Viajar con niños: El Areópago y las calles laberínticas de Anafiótika resultaron muy atractivos para nuestros hijos por el cambio de relieve y el aspecto de pueblo que tiene la zona. El cierre temporal de la pista de atletismo del Estadio Panatenaico fue una decepción familiar, pero se desquitaron corriendo libremente sobre la arena del estadio original de Olimpia unos días después.
  • Clima. Solo podemos hablar del mes de julio, en el que fuimos. Atenas está en GMT+3 y amanece muy pronto por lo que aunque madrugues, a las 9 de la mañana ya hace calor. En cambio, anochece antes y a partir de las 18h o 19h ya empieza a notarse una bajada de temperaturas. Tenlo en cuenta si vas en verano. Esto es una ventaja respecto a España (mira nuestro artículo sobre los horarios de España)

Veredicto final

  • Lo mejor: La posibilidad de contemplar la evolución arquitectónica de Atenas sobre el terreno. Cada monumento muestra con sus materiales la época exacta en la que se construyó, facilitando la comprensión histórica de la ciudad sin necesidad de recurrir a guías densas.
  • Lo peor: La falta de actualización de la información de servicio en la entrada del Estadio Panatenaico, un imprevisto evitable que nos costó una entrada familiar para ver una pista en obras de mantenimiento. Y por supuesto el calor de julio que hace que tengas que visitarlo de otra forma.
  • La idea histórica para recordar: Atenas es una ciudad que recurre constantemente a su pasado clásico para legitimar su presente político. Desde el diseño neoclásico de sus avenidas del siglo XIX hasta la reconstrucción de sus ruinas romanas y griegas, cada rincón del centro histórico demuestra que la capital helena necesita mirarse en el espejo de la antigüedad para justificar su lugar en la Europa moderna.
Lugares que Visitar