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Cómo los influencers han conseguido que todos viajemos igual

Si has visto un vídeo de viajes en los últimos seis meses, ya los has visto todos. El problema no es que los vídeos de viajes se parezcan entre sí. El problema es que están consiguiendo que los viajes se parezcan entre sí.

Criticar a los influencers está de moda, y este verano el discurso de la «caída de los influencers» ha corrido con fuerza: una audiencia harta de la gente-anuncio que puebla nuestras pantallas veinticuatro horas al día.

Pero no es solo eso lo que nos interesa aquí. Llevamos años escribiendo sobre viajes, mirando horarios de aparcamiento y aforos de miradores, y desde ahí nos interesa entender por qué el contenido de viajes en redes sociales se ha vuelto tan intercambiable. Vamos a repasarlo con el cariño que merece, es decir, ninguno.

El vídeo que ya has visto cien veces

Da igual si transcurre en Asturias, Bali o la Toscana. A los diez segundos ya sabemos cómo va a terminar. Habrá un dron. Habrá una frase del tipo «esto no os lo vais a creer». Habrá una comida presentada como una experiencia espiritual. Habrá una puesta de sol. Y habrá alguien diciéndonos que guardemos el vídeo para más tarde. Lo único verdaderamente sorprendente es que los creadores sigan llamando contenido original a una plantilla que todos conocemos ya de memoria.

Test rápido: estás viendo un vídeo de viajes genérico si…

  • Aparece la palabra «planazo»
  • Alguien dice «esto no os lo vais a creer»
  • Hay un dron sobrevolando una cala
  • Se graba un plato de comida desde arriba
  • Alguien camina de espaldas hacia el horizonte
  • El lugar está milagrosamente vacío
  • No aparece ni un precio en todo el vídeo
  • Termina con «guardadlo para vuestro próximo viaje»

Si cumple tres, ya sabes cómo termina. Si cumple cinco, probablemente ya lo habías visto ayer.

El «lugar secreto» que conoce todo el mundo

Empieza casi siempre igual: un dron sobrevolando una cala, música de banco de audio libre, y una voz en off susurrando —siempre susurrando, como si el turismo de masas se despertara si se habla muy alto— que esto es «un lugar secreto que casi nadie conoce». Nos encantaría preguntarle a ese «casi nadie» por qué hay que reservar aparcamiento con un mes de antelación en agosto. El secreto, cabe suponer, se lo cuentan a varios cientos de miles de personas a la vez, todas dispuestas a guardárselo con el mismo celo.

La obviedad disfrazada de descubrimiento

«Este pueblo tiene mucha historia.» «La gastronomía de la zona es espectacular.» «Aquí la gente es muy acogedora.» Frases que sirven, sin cambiar una coma, para presentar cualquier destino del planeta. No aportan un solo dato, una sola razón concreta para elegir este sitio en vez de otro; son, en el fondo, relleno con forma de información.

El protagonista es él, el lugar es decorado

Hay perfiles enteros donde, si eliminásemos al influencer de cada foto, no quedaría nada reconocible del sitio. El encuadre, la ropa, la pose —esa mirada perdida hacia algún punto fuera de cámara que nadie sabe muy bien qué mira— están pensados para él. El viaje deja de ser el motivo del contenido para convertirse en la excusa de un catálogo personal de estilismos, y el lugar en un decorado que podría sustituirse por otro sin que cambiara demasiado el resultado.

El viaje pagado disfrazado de recomendación espontánea

Las blogtrips tienen su función legítima; el problema no es que existan, sino la simulación. Presentar como descubrimiento personal y desinteresado algo organizado, pagado y a menudo guionizado por una marca es, como mínimo, una forma de trampa cordial. La opinión deja de ser fiable en el instante en que no sabemos si nace del viaje o del contrato que lo hizo posible.

Más pendiente de grabar que de estar allí

Gente que llega a un lugar extraordinario y cuya primera preocupación no es mirarlo, sino encuadrarlo. El viaje se convierte en una sucesión de tomas pensadas para editar después, y la experiencia real —la que no cabe en quince segundos verticales— queda relegada a un segundo plano. Se viaja para el vídeo, no se graba porque se ha viajado, y el orden de esos dos verbos lo cambia absolutamente todo.

Los viajes donde nunca sale nada mal

En Instagram nunca llueve. Nunca hay tráfico en la carretera de vuelta. Nunca cierran el monumento justo el día que tocaba visitarlo. Nunca el restaurante recomendado está mediocre, ni la excursión resulta un timo, ni el paisaje decepciona un poco al llegar en persona. Y sin embargo, cualquiera que haya viajado alguna vez sabe que viajar consiste, en buena parte, precisamente en eso: en equivocarse de restaurante, en perder una tarde por una carretera cortada, en descubrir que la foto mentía. Esa parte real es la que el contenido de viajes ha decidido, de forma casi unánime, dejar fuera de plano.

Viajar sin contexto

El problema de muchos vídeos de viajes no es que enseñen poco. Es que enseñan lugares como si no significaran nada. La mayoría se limita a señalar dónde ponerse para conseguir la foto —el ángulo exacto, la hora exacta— sin decir una palabra sobre qué convirtió ese sitio en algo digno de mención antes de que existieran las redes sociales. Un mirador es solo un mirador hasta que alguien explica qué batalla se libró abajo o por qué se construyó justo en ese punto. Sin ese contexto, cualquier lugar es intercambiable por otro parecido, y probablemente por eso todos terminan pareciéndose tanto entre sí.

La industria detrás de la espontaneidad

El márketing ha secuestrado el vocabulario del viaje tanto como su producción. Está el «hidden gem», versión en inglés y con más glamour del lugar secreto de siempre, y la comparación fácil —»la Venecia de…», «la Santorini de…»—, que sugiere que ningún lugar puede sostenerse por lo que tiene de propio. Está la receta técnica calcada, la reacción sobreactuada ante algo que en persona provocaría bastante menos sorpresa, y el sitio grabado a las siete de la mañana y presentado como si esa soledad fuera la experiencia habitual.

Y está la letra pequeña que casi nunca aparece: el precio que no se menciona, el «os dejo aquí toda la info» que resulta ser un enlace roto, y el disclaimer de colaboración pagada escrito en un tamaño pensado para no ser leído.

Lo curioso es que, a estas alturas, seguimos cayendo. El vídeo empieza prometiendo algo que jamás hemos visto, y treinta segundos después estamos viendo lo mismo que vimos ayer, calcado hasta el último plano. El idioma ha dejado de describir y ha pasado a vender, y todo apunta al mismo sitio: que el vídeo parezca espontáneo cuando en realidad está montado con la precisión de un rodaje publicitario, porque, en el fondo, no es otra cosa.

Las excepciones existen

Conviene decirlo con la misma claridad con la que hemos dicho todo lo anterior: no todo el contenido de viajes es esto. Curiosamente, algunos de los mejores creadores son justamente los que menos se parecen al estereotipo. Hay quien comparte precios reales, errores cometidos, ciudades que no le gustaron o restaurantes que no repetiría. Son vídeos menos espectaculares, y a menudo consiguen bastantes menos visualizaciones. Pero también generan algo mucho más difícil de conseguir: confianza. Existen, y son la prueba de que el problema no es el formato en sí, sino lo que la mayoría ha decidido hacer con él.

El viaje convertido en consumo de destinos

Antes se elegía un lugar porque interesaba el lugar. Ahora, cada vez más gente elige un lugar porque ya lo ha visto cien veces en pantalla. El destino deja de ser un descubrimiento para convertirse en la confirmación de algo que ya se había visto antes, en otra cuenta, con otro influencer, casi con el mismo plano. No vamos a descubrir; vamos a comprobar que la pantalla no mentía.

Por qué pasa todo esto, y por qué también es un poco culpa nuestra

No creemos que sea solo mala fe generalizada, aunque a veces lo parezca. Los vídeos cortos premian la primera impresión, no el matiz, y el algoritmo recompensa lo que ya ha funcionado antes, así que todo tiende a parecerse a lo anterior. Pero el algoritmo no lo crean ellos: lo alimentamos nosotros. Decimos que nos cansa el vídeo genérico y sin embargo lo premiamos con millones de visualizaciones. El creador que dedica tres días a documentar una ruta histórica con rigor obtiene, casi siempre, una fracción de la atención que recibe quien graba una cala «secreta» con un dron. El turismo de masas ya no sigue a las guías: sigue al algoritmo. El sistema, en el fondo, se limita a producir lo que consumimos.

Y ese es justamente el motivo por el que seguiremos apostando por lo contrario: por el texto que sí dice el precio, que sí explica dónde aparcar, que cuenta también lo que salió mal, y que no necesita un dron ni una frase de intriga para demostrar que el viaje mereció la pena. No hace falta prometer que «no te lo vas a creer». Hace falta, simplemente, haberlo vivido de verdad.

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